El Mundo invisible en la vida cotidiana: Los Espíritus de los Cuatro Elementos (I)

LAS SALAMANDRAS: LOS ESPÍRITUS ELEMENTALES DEL FUEGO

FILOSOFÍA NATURAL GRIEGA

Desde los tiempos de Tales de Mileto, unos 600 años antes de Cristo, los filósofos griegos empezaron a especular de una manera lógica sobre el mundo físico, en lugar de seguir confiando en los mitos y las leyendas para explicar los fenómenos de la vida que tenían lugar a su alrededor. El mismo Tales pensaba que toda la materia procedía del agua, que podía tanto solidificarse en tierra como evaporarse en aire. Sus sucesores ampliaron esta teoría con la idea de que el mundo estaba compuesto por cuatro elementos: tierra, agua, aire y fuego. Según Demócrito, esos elementos estaban compuestos por átomos, partículas diminutas que se movían en el vacío y daban forma a la fuerza elemental correspondiente. Otros, especialmente Aristóteles, creían que los elementos formaban un medio continuo de materia y, por tanto, el vacío no podía existir. La idea atómica perdió terreno rápidamente, pero nunca fue completamente olvidada. Cuando fue revisada durante el renacimiento, formó la base de la teoría atómica moderna.

Aristóteles fue el más influyente de los filósofos griegos, y sus ideas dominaron la filosofía natural durante casi dos milenios después de su muerte, en el 323 a. C. Aristóteles Creía que la materia poseía cuatro cualidades: calor, frío, humedad y sequedad. Cada uno de los cuatro elementos estaba compuesto por pares de esas cualidades: el fuego era caliente y seco, el agua fría y húmeda, el aire caliente y húmedo, y la tierra fría y seca. Esos elementos con sus cualidades se combinaban en diferentes proporciones para formar los componentes del planeta terrestre. Puesto que era posible cambiar las cantidades de cada cualidad en un elemento, se podía transformar un elemento en otro; así, se pensaba que era posible cambiar las sustancias materiales formadas por los elementos, como por ejemplo el plomo en oro, el principal objetivo de l@s alquimistas de todos los tiempos y culturas.

Después del declive del Imperio Romano, en Europa occidental empezaron a estudiarse menos los escritos griegos, que incluso fueron bastante abandonados en el Mediterráneo oriental. Sin embargo, en el siglo VI, un grupo de cristianos conocidos como los nestorianos, cuyo idioma era el sirio, expandieron su influencia por Asia Menor. Establecieron una universidad en Edessa, Mesopotamia y tradujeron al sirio un gran número de escritos filosóficos y médicos griegos para que pudieran ser utilizados por los estudiantes.

En los siglos VII y VIII, los conquistadores árabes expandieron la cultura islámica sobre gran parte de Asia Menor, el norte de África y España, convirtiéndose los califas de Bagdad en mecenas activos de la ciencia y del saber. La traducción siria de los textos griegos fue traducida de nuevo al árabe y junto con el resto del saber griego volvieron a florecer las ideas y la práctica de la alquimia.

Los alquimistas árabes también estaban en contacto con China, por lo que a la idea del oro como metal perfecto le añadieron el concepto del oro como medicina propio de los chinos. Poco a poco fue concibiéndose un agente específico para estimular la transmutación de los metales impuros en oro: la piedra filosofal, que se convirtió en el objeto y meta principal de investigación de los alquimistas. Con su búsqueda tenían un nuevo incentivo para estudiar los procesos químicos, que no sólo podría proporcionarles riqueza, sino también salud. Independientemente de los logros obtenidos, con el estudio de los productos químicos y la fabricación de aparatos que lo hicieran posible, se hicieron grandes progresos y se descubrieron importantes sustancias reactivas como los álcalis cáusticos y las sales de amonio, mejorándose también los utensilios de destilación. Asimismo se vio rápidamente la necesidad de aplicar más métodos cuantitativos, pues algunas fórmulas árabes daban instrucciones específicas sobre las cantidades de reactivos a utilizar. Sin embargo, el verdadero oro buscado por l@s alquimistas no era el dorado y preciado metal sino algo mucho más importante: el oro que todo ser humano en vías de realización es capaz de desarrollar en su corazón y en todo su ser, una vez ha transmutado con su conciencia (la piedra filosofal) los metales innobles (los caprichos y deseos del ego), elevándolos y poniéndolos en línea con su Yo Superior (la gran obra) y, posteriormente, contribuir a realizar la Gran Obra de restaurar el Cielo en su corazón y, por extensión en la Tierra, como a lo largo de este curso tenemos la intención de hacer.

LOS CUATRO ELEMENTOS NATURALES

Es importante distinguir los elementos como tales: fuego, aire, agua y tierra, de los estados de la materia, que son la forma en que se manifiestan las fuerzas elementales en el plano físico. Los elementos, como energías básicas y primordiales, están en todas las esferas, en todos los mundos, en todos los planos…, puesto que son principios espirituales, cualidades, poderes, potencias y, en un determinado nivel, materias, cuerpos y formas. El estudio y el conocimiento de los elementos no sólo son interesantes, también son muy necesarios, porque a través de ellos actúan en este mundo denso y material los mundos superiores sutiles, espirituales y cósmicos. Además, nosotr@s también estamos constituidos por los cinco elementos: éter, aire, agua, fuego, tierra, tenemos nuestra propia composición elemental, una base energética con la que venimos al mundo y nos relacionamos con él, de manera que trabajar en y con nuestros elementos es también trabajar en nuestro desarrollo personal y en nuestra evolución espiritual.

Equilibrar nuestra propia naturaleza elemental nos coloca directamente en el plano de nuestro Yo Superior, permitiéndonos también los elementos desarrollar los poderes psíquicos tradicionales: intuición, clarividencia, clariaudiencia, claripercepción, telepatía…

Los cuatro elementos de la Naturaleza, considerados como los componentes esenciales del mundo natural desde hace mucho, muchísimo tiempo: fuego, aire, agua y tierra son las energías de las que está compuesto todo lo creado. Son los bloques básicos de construcción de todas las formas materiales y las tonalidades orgánicas. Tanto ellos como sus seres elementales correspondientes, representan la fuerza telúrica, la fuerza de la Tierra, la fuerza de la Diosa. Son fuerzas constructoras, creativas y también alquímicas, por su capacidad de transmutación. Cada elemento representa un tipo básico de energía y consciencia operando dentro de cada persona. La física cuántica demostró hace ya tiempo que la energía es materia sin forma y la materia energía densificada y concretada en una composición determinada, de manera que estos cuatro elementos se entretejen y combinan para formar toda la materia. Cuando la chispa de vida abandona un cuerpo al morir, los cuatro elementos se disocian y regresan a su estado original.

Los cuatro elementos existen en todas las personas, aunque cada una esté conscientemente más sintonizada con unos tipos de energía que con otros, variando también la armonía entre ellos. Cada elemento es también un arquetipo o principio universal, un modelo primario que representa un tipo de energía diferente al resto y que se manifiesta en distintas modalidades de vibración. En Astrología, por ejemplo, combinando los cuatro elementos con tres modalidades de vibración, obtenemos doce pautas primarias de energía, que son los doce signos zodiacales.

Cada elemento representa un grado de energía determinado, formando entre todos una escala de mayor a menor sutilidad o, lo que es lo mismo, de menor a mayor densidad, teniendo también que ver cada uno de ellos con una función psicológica: el fuego con la creación y la inspiración; el aire con la mente y las ideas; el agua con las emociones y los sentimientos; la tierra con las sensaciones y la consolidación física de los tres anteriores y del éter. Asimismo, cada uno está relacionado con uno de nuestros cuatro cuerpos: el fuego con el cuerpo espiritual, etéreo o vital, que transforma las energías del aire y del agua para ayudar a sostener las funciones del cuerpo físico. La relación del aire es con el cuerpo mental o causal y representa una consciencia sintonizada con el pensamiento abstracto. El agua correlaciona con el cuerpo emocional o astral, dominado por intensos anhelos, reacciones sentimentales y deseos compulsivos. La tierra, por último, está conectada con el cuerpo físico, con la armonización del mundo de los sentidos corporales y las formas materiales. El éter está asociado a la conciencia.

Habitualmente, en todas las personas hay un elemento que predomina, indicándonos así tanto el tipo de consciencia que está más acentuado en ella como los comportamientos específicos con los que se desenvuelve en el mundo y hace cosas en él, manifestando con ello no sólo su naturaleza básica sino también las herramientas y recursos de que dispone para llevar a cabo sus tareas cotidianas en todas las áreas y ámbitos de su vida. Como es lógico, los elementos más débiles e incluso inexistentes, señalan carencias en la naturaleza personal, con las correspondientes consecuencias para la actividad cotidiana y la vida de relación de cada un@. Por lo tanto, conocer los elementos y sus características, reconocerlos en un@ mism@, tanto los que están fuertes como los que están débiles, comprenderlos y aprender a manejarlos y gestionarlos, no sólo aporta autoconocimiento, también nos ayuda a fortalecer y optimizar nuestro campo energético, a satisfacer nuestras necesidades más adecuadamente y a vivir mejor.

Los elementos también pueden dividirse en masculinos, activos, eléctricos o autoexpresivos, como el fuego y el aire, siendo el agua y la tierra femeninas, magnéticas y receptivas. Cada una de ellos tiene, además, sus propios espíritus elementales, que son las fuerzas que generan y dan forman al elemento de que se trate. Son los elementales precisamente quienes construyen todo lo que existe en la Tierra y quienes están encargados de cuidar, junto con l@s humanos, los productos de su creación.

Fue en el siglo XVI, cuando un alquimista, médico y filósofo natural suizo, que se hacía llamar Paracelso (1493-1541), desarrolló una teoría que relacionaba a los espíritus de la naturaleza de los griegos y los romanos, los devas de la cultura hindú, con sus propias creencias médicas, cristianas y ocultistas. Paracelso argumentaba que los supuestos demonios a quienes se acusaba de causar enfermedades mentales eran seres naturales y no sobrenaturales. A medio camino entre la carne y el espíritu, estas criaturas eran capaces de comer, hablar, dormir y reproducirse como los seres humanos. Sin embargo, y al igual que los espíritus, también podían cambiar de forma y moverse por el espacio con gran rapidez.

Los elementos tienen sus propios compartimentos o niveles en el mundo espiritual, aunque también existen en nuestro mundo y, junto con las propiedades físicas aportan determinadas propiedades sutiles y simbólicas. Cada uno de esos compartimentos está regido, custodiado y construido por un ser o espíritu elemental, que expresa la energía específica de su elemento respectivo en la naturaleza.
Paracelso dividió a estos seres, llamados Espíritus Elementales o solamente Elementales, en cuatro grupos, de acuerdo con el elemento natural al que cada uno pertenece:

1. Elementales del fuego o salamandras.
2. Elementales del aire o sílfides.
3. Elementales del agua u ondinas.
4. Elementales de la tierra o gnomos.

En opinión de Paracelso, Dios creó a estos seres para que custodiasen los cuatro elementos, que eran los tesoros del mundo y corrían el peligro de ser destruidos o robados por l@s human@s si no recibían adecuada protección. Por ejemplo, los gnomos viven en cuevas subterráneas para poder custodiar los minerales y las piedras preciosas.

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Aunque los elementales se parezcan a los seres humanos en su aspecto físico, se diferencian en que carecen de almas inmortales. Cuando mueren, se disuelven en el elemento del que están compuestos. También se distinguen de l@s human@s en que cada tipo de ser está compuesto únicamente por un elemento, aquél al que pertenecen y que son los encargados de proteger y formar. Debido a esta naturaleza, actúan con una vibración energética más elevada que la humana, sin embargo, y como nosotr@s tenemos a los cuatro elementos en nuestro interior, las personas particularmente sensibles logran sintonizar con esas vibraciones y comunicarse con los elementales. Además, tod@s podemos experimentar el poder de los espíritus elementales, por ejemplo, en la confluencia de fuerzas naturales que se producen durante una erupción volcánica, un tornado o un terremoto. Hasta una tormenta violenta consigue que las personas tomen conciencia de los poderes del viento (aire), la lluvia (agua) y los rayos (fuego).

LAS SALAMANDRAS: LOS ESPÍRITUS ELEMENTALES DEL FUEGO

Las Salamandras son criaturas delgadas, de color rojo y con una piel seca, como una voluta de fuego, y tienen un carácter iracundo. Otras fuentes, incluyendo a Plinio el Viejo, describían a las salamandras como seres similares a las lagartijas, con piel escamosa y de unos 30 cm de largo, sin embargo se diferencian de ellas tanto por la forma de su cuerpo como por la de sus patas.

Según las creencias medievales, las salamandras eran esenciales para la existencia del fuego, ya que sin ellas era imposible que una cerilla o una piedra provocaran una chispa. El artista y científico renacentista: Leonardo Da Vinci, escribió que estos espíritus elementales se alimentaban de fuego.

El vínculo entre las salamandras y el fuego es muy antiguo. Un pasaje del Talmud judío asegura que la salamandra es producida por el fuego y que quien sea rociad@ por su sangre es inmune a las quemaduras. Esta creencia puede haberse originado en el hecho de que, cuando se quema un tronco de árbol y las lagartijas reales conocidas como salamandras han estado hibernando en su interior, los animales salen al exterior sin mostrar signos de quemaduras.

El fuego es dinamismo, calor, cambio, transmutación. Aporta creación y destrucción. Sin él todo estaría inerte y helado. El fuego es, en todas sus formas, lo que da emoción a la vida, y suele ser la energía que nos lleva a lugares nuevos cuando de repente todo parece distinto.

De todos los elementos, el fuego es el más difícil de trabajar, precisamente por su gran poder y porque es una energía que se puede descontrolar fácilmente. Sin embargo, es importante y necesario que nos hagamos conscientes de los seres de fuego, porque los necesitamos para entrar en contacto con nuestra pasión y nuestra creatividad. También necesitamos traer el fuego a nuestra vida de una manera consciente, pues sus cualidades y las posibilidades de acción que nos ofrece son muy necesarias actualmente. Si nos acercamos con cuidado y respeto, los espíritus elementales del fuego nos calentarán el corazón y darán vigor a nuestra vida.

Las salamandras están presentes donde quiera que haya fuego, visible o invisible. A pesar de su nombre, no siempre imitan el aspecto de reptiles o de un dragón, también pueden adquirir formas humanoides. En las llamas de las velas danzan pequeños espíritus de fuego, mientras que las poderosas salamandras juegan en los desiertos y en los volcanes. Estos espíritus elementales también colaboran en la combustión invisible, como la de nuestro metabolismo, gracias a la cual los alimentos se queman y se transmutan para proporcionarnos la energía que nuestro cuerpo necesita.

Sin fuego no habría vida ni luz y, por consiguiente, nada veríamos. Las salamandras son espíritus muy inteligentes y a menudo mucho más rápidos que nosotr@s, y una de sus funciones es inspirarnos, no con ideas como hacen las sílfides, sino con ráfagas de genio que conectan con el Otro Mundo. Las salamandras también estimulan la pasión, incluida la sexual, y fomentan la valentía, el idealismo y la visión. Un contacto adecuado con las salamandras nos ayuda a usar bien nuestra fuerza vital. Ellas adoran el juego cordial, porque renueva el alma.

Las salamandras siempre están en movimiento y, al principio, pueden ser frías e indiferentes hacia l@s human@s, y se interesan por nosotr@s cuando nos enfrentamos a los demonios, a nosotr@s mism@s y a los retos de la vida. Las llamas son la manifestación de la fuerza elemental del fuego. Sintonízate con ella y tu espíritu se encenderá. Con la ayuda de estos seres elementales puedes también familiarizarte y desarrollar tu conexión con el elemento fuego.

María Sánchez-Villacañas de Toro
Organizadora y guía de viajes sagrados a lugares de poder
Alcántara Psicología y Espiritualidad
Escuela para la Evolución del Alma
http://www.desarrolloycrecimiento.es
http://metamorfosisyvida.wordpress.com
metamorfosisyvida2013@gmail.com
+0034 91 401 55 70
+0034 627 12 09 47

Copyright © María Sánchez-Villacañas de Toro (2015). Reservados todos los derechos

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