Diosas y Sacerdotisas de Avalon (VIII)

MARÍA, LA MADRE DE JESÚS EL CRISTO

                                                                  María, la madre de Jesús El Cristo, (Myriam en hebreo) nació el 8 de Tebet (Septiembre) del año 3744 antes de Cristo. Sus padres en esa encarnación fueron Joaquín, que en hebreo significa preparación del camino y Ana, cuyo significado es medida a partes iguales. Para los hebreos de la antigüedad, el nombre estaba íntimamente ligado a la persona y la describía con bastante detalle y acierto, por lo que no era un mero apelativo. Usaban nombres que expresaban la personalidad y el carácter de quien lo llevaba, así como las tareas especiales o misiones que la persona habría de realizar en el futuro. Todo esto tiene que ver con el poder del verbo y con la importancia de tener en cuenta la vibración energética que acompaña a las palabras que habitualmente utilizamos. El nombre María es, seguramente, una adaptación griega del nombre original, ya que en el Antiguo Testamento se la llamaba Myriam o Mariam. Este nombre: Myriam, lo había llevado la hermana de Moisés y Aaron antes que ella, mucho tiempo antes de que María naciera y parece ser que, desde esa época, dejó de utilizarse como nombre común.

                                                                 En los cuatro Evangelios son muy pocas las referencias que se hacen de la madre de Jesús y casi todas se relacionan con el momento en que el Ángel del Señor le anuncia la concepción milagrosa de su hijo. Marcos es el primero que la menciona por primera vez, aunque de forma tangencial. Mateo se refiere a María cuando narra la anunciación, el nacimiento del niño y la huída a Egipto. Lucas es el que más datos da sobre esta singular mujer, al escribir más detalladamente sobre la infancia de Jesús. También fue él quien decía que María conservaba las cosas de su hijo en el corazón y meditaba profundamente sobre ellas, queriendo significar así, tal vez, que no sólo entendía y asumía el protagonismo público de su primogénito, sino también que compartía en la intimidad y profundidad de su ser, sus inquietudes y el mensaje que promulgaba. Juan nos cuenta que Jesús hizo su primer milagro a petición de su madre, en las bodas de Canaán que, según fuentes no evangélicas, fueron los propios esponsales del Maestro con María Magdalena y no la fiesta de casamiento de uno de sus primos. En los Hechos de los Apóstoles se menciona a María como una de los miembros más destacados de la comunidad cristiana primitiva.

                                                                  Como tod@s sabemos por lo que narra la Biblia, María se casó con José, un carpintero que trabajaba para su padre y que, posteriormente se convirtió en constructor, ganándose la vida con cierta facilidad y proporcionando a su familia una existencia acomodada. José, bastante mayor que María quien, al parecer tenía dieciséis años, había enviudado de Déborah, su primera esposa, con la que había tenido cinco hijos e hijas. Con María tuvo siete más, siendo Jesús el primero de ellos, así que cuando ambos se casaron, esta joven mujer tuvo que hacerse cargo de una familia extensa, cumpliendo sobradamente con todas las obligaciones y tareas que se esperaba de las féminas en aquellos remotos y difíciles tiempos. De modo que no sólo se ocupaba de la educación de l@s hij@s de su esposo y de las tareas de la casa, sino que también era una magnífica tejedora, una tarea realizada entonces por la práctica totalidad de las mujeres. Los evangelistas dicen que cuando le fue anunciado el nacimiento del Niño Divino aún no se había casado con José, aunque sí estaban prometidos, de ahí las dudas de la joven sobre su estado y de quienes le rodeaban sobre su fidelidad a José, aunque es posible que esto no fuera cierto y que ya estuvieran desposados cuando se conoció la noticia de su embarazo. Según la tradición judía de la época, los varones se desposaban entre los dieciocho y los veinticuatro años, mientras que las mujeres, a partir de los doce años, ya eran consideradas doncellas y, por lo tanto, podían casarse a partir de esa edad. El matrimonio judío tenía dos momentos, desposorio y matrimonio propiamente dicho. El primero era celebrado en la casa de la novia y llevaba consigo acuerdos y obligaciones, aunque la vida en común era posterior. Si la novia no había estado casada antes, se esperaba un año después del desposorio para llegar al matrimonio propiamente dicho, donde el novio llevaba solemnemente a la novia desde la casa de sus padres a la de él.

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                                                                  Muchas son las denominaciones con las que se ha llamado, y se continúa llamando a esta extraordinaria mujer, por lo menos para mí lo es, destinada a ser la madre de uno de l@s Maestr@s y Herman@s Mayores de la raza humana más importantes de todos los tiempos. Entre ellas podemos citar: la Reina del Amor, la Rosa de Jericó, la Estrella de los Mares, Llena de Gracia, Bendita entre todas las mujeres, Madre del Señor, Muy Favorecida, Tú que has estado y sigues estando llena del favor divino… Los textos católicos siempre la denominaron como Virgen María, queriendo significar con ello que, a pesar de que concibió y dio a luz un hijo, estaba al margen del método habitual de concepción: las relaciones sexuales y, por consiguiente, era pura y casta, estando así libre de los apetitos de la carne, presentes en el resto de los seres humanos. Sin embargo, y considerando la virginidad desde otro punto de vista, podemos ver que este calificativo se refiere más bien a la pureza del corazón y a la castidad de mente, dos cualidades perfectamente compatibles con las relaciones sexuales, y con el hecho de ser madre por el mismo método que el resto de las madres lo somos. Si como much@s creemos, Jesús era esenio y sus padres, por consiguiente también, el tema de la virginidad tendría igualmente que ver con los cuidados que, en esa antigua secta anterior y apartada de las costumbres judías de la época, eran necesarios y se consideraba imprescindible llevar a cabo por las parejas, mujeres y hombres, que deseaban concebir hij@s. Un ejemplo de ese cuidado especial previo a la concepción, era contar con una salud impecable y estar en las mejores condiciones posibles o, lo que es igual, encontrarse en un estado de pureza (de naturalidad original, de salud, sin toxicidad) que favoreciera no sólo la concepción, sino también el embarazo, el parto y la posterior crianza de la criatura.

                                                                  En la filosofía y la cultura griegas, se consideraba que una mujer era virgen, entre otras razones, por el hecho de conservar, en su ser más profundo y esencial, una parte que sólo a ella le pertenecía, que sólo a ella le correspondía gobernar, en la que sólo ella ejercía autoridad, que sólo ella decidía cómo emplear y en qué, que permanecía en su estado virgen durante toda su vida, en su estado natural, en su originalidad primigenia sin ser contaminada por nada ni por nadie. El término virgen significaba entonces inmaculada, pura, incorrupta, no usada, sin cultivar, no tocada y no explotada por el hombre, como ocurre con una tierra o una selva virgen, por ejemplo. También podemos utilizar este término para referirnos a algo que no ha sido procesado ni refinado, como la lana o el aceite virgen, los cereales integrales, etc. La virginidad se entendía, por consiguiente, como esa parte de una mujer que no es poseída o que no es penetrada por un hombre, que queda incólume por la necesidad que tiene de un hombre o la de ser validada por él, que existe completamente separada de él por derecho propio, que basa su estima como persona y como mujer en sí misma, en sus capacidades, talentos y posibilidades, sin necesidad de que un hombre, y más extensamente otras personas, validen y reconozcan la importancia de su ser. Cuando una mujer conserva durante toda su vida una parte virgen dentro de sí misma, ya esté soltera o casada, haya parido hij@s o no, quiere decir que una parte significativa de ella es física, psicológica, emocional, mental y espiritualmente virginal.

                                                                  Otro concepto que me parece importante comentar aquí es el de la concepción de Jesús por obra y gracia del Espíritu Santo. Pienso que tod@s, sin excepción, hemos sido concebid@s por estas mismas gracia y acción, puesto que tod@s sin excepción alguna somos seres espirituales y cósmicos eternos, con existencia humana y terrestre temporal. Es el Espíritu, Macrocósmico y microcósmico, que se encarna a través del alma, al igual que ésta lo hace a través del cuerpo físico, el que realmente elige tomar forma humana y venir a la vida material, durante una serie de existencias, treinta y dos según muchas fuentes esotéricas y espirituales, para vivir, aprender, modificar, avanzar y transmutar aquí lo que sólo en el mundo denso de la materia se puede experimentar, aprender, modificar y transmutar, con el fin de alcanzar, pasado ese número de existencias, que no de vidas, la totalidad y la unión perfecta con toda la Creación y, por tanto, con Dios/Diosa/Todo Lo Que Es, volviendo entonces al hogar del que un día partió y dedicándose, a partir de ese momento a otro tipo de menesteres y tareas. Esto sucede en la experiencia de vida número treinta y tres que, como sabemos, fue la edad que Jesús tenía cuando dejó la vida en la Tierra, se transfiguró en luz y ascendió a los cielos, lo que en algún momento de la vida de nuestra alma, a tod@s nos sucederá sin excepción alguna.

                                                                  Es el Espíritu Divino o, lo que es lo mismo, la Energía Pura y Prístina del Amor Incondicional, la Conciencia Más Allá de Todo, quien decide la venida al mundo de todas las vidas, y a buen seguro que no sólo de las humanas, porque todo cuanto existe nace de la misma Fuente Original, aunque su forma y cometido en la Tierra sean diferentes. Todo es necesario, de lo contrario no existiría. Tod@s, de todas las especies, somos herman@s y, al igual que nosotr@s tenemos un@s Herman@s Mayores que nos cuidan, protegen, guían y enseñan, l@s human@s somos también l@s herman@s mayores de las evoluciones que, en el momento presente, están en una dimensión inferior a la nuestra. Inferior no significa menos en cualquiera de los sentidos que utilicemos este calificativo, únicamente quiere decir con menor capacidad de comprensión y menor desarrollo de conciencia, si es que sobre estos particulares cabe usar este tipo de palabras. Lo Insondable no admite, como tod@s sabemos, los pesos ni las medidas humanas. Si pudiéramos medirlo, pesarlo o cuantificarlo de alguna manera dejaría de ser Lo Que Es.

                                                                  Por lo tanto, y tomando como cierta la hipótesis de que el Espíritu y el espíritu eligen donarse a la vida material, como tant@s Maestr@s han hecho a lo largo de la historia humana, para ayudarnos en nuestro crecimiento y evolución y mostrarnos el camino que ell@s siguieron con anterioridad, durante un número suficiente de existencias hasta que alcanzaron la totalidad y la plenitud necesarias para dedicarse a otras funciones, entonces también estarían dentro de esta posibilidad María, la madre de Jesús, sus padres: Joaquín y Ana, su esposo en esa vida: José y el resto de l@s contemporáne@s del Maestro, incluid@s, como no podría ser de otro modo, sus hermanos y hermanas, que desde luego que los tuvo (recordemos que en la época en que Jesús nació las familias eran, por lo general, numerosas, siendo muy rar@s l@s hij@s únic@s), su esposa o compañera: María Magdalena y l@s hij@s tenid@s con ella.

                                                                  Entonces, y teniendo en cuenta nuestro origen espiritual y la ley de la reencarnación, a la que Jesús se refirió numerosas veces, como nuestra verdadera e inmortal esencia, tod@s nacemos pur@s y sin mancha alguna de pecado, si bien, bajo la ley de causa y efecto, en encarnaciones posteriores hemos de equilibrar y perfeccionar aquellas partes de nuestro ser que hayamos dejado incompletas, inconclusas o pasadas por alto en las vidas anteriores, tanto inconsciente como deliberadamente. A Dios Madre y Padre no le importa cuánto tiempo empleamos en alcanzar la totalidad y la unidad, lo único que quiere es que las logremos, primero para nuestro propio bien y, además, para el beneficio de quienes nos rodean y de la Vida en todas partes. Todas las madres y todos los padres del mundo, en todas las épocas y culturas, desearon y continuamos deseando lo mejor para nuestr@s hijos e hijas. ¿Habría de ser diferente para la Divinidad que está en las dimensiones más elevadas de la Vida? Yo pienso que no tendría sentido alguno que así fuera. Recuerda que tod@s hemos sido cread@s a imagen y semejanza de Dios/Diosa/Todo Lo Que Es y que como reza otra de las leyes universales, “como es arriba, así es abajo”.

                                                                  Volviendo a María, la madre terrena de Jesús el Cristo, ella no sólo era un espíritu eterno como tod@s nosotr@s sino, también, así lo pienso y lo siento yo, un espíritu muy elevado y evolucionado, tanto como para asumir en esa vida la tarea de gestar y alumbrar no al único hijo de Dios, puesto que tod@s lo somos, sino a ese hijo divino particular que, a su vez tenía como misión principal durante su donación y existencia en la materia, enseñarnos el camino de la Maestría, de la multidimensionalidad, del desarrollo de la chispa divina, de la semilla crística que somos, y que él fue el primero en alcanzar, abriéndonos así el camino a l@s demás, como tod@ buen/a herman@ mayor que se precie hace con sus herman@s menores, recordándonos también a cada instante que somos hij@s amad@s de Dios al igual que Él lo era y lo es, que tod@s somos herman@s y que la unión fraternal nacida del amor, además de la unión con la Divinidad, eran el único camino para encontrar y conservar la paz, algo que jamás podría conseguirse derramando sangre ni ejerciendo el poder l@s un@s sobre l@s otr@s.

                                                                  El espíritu de cada uno de los seres que vienen a la vida material, junto con el Espíritu Universal y el grupo particular de espíritus a los que ese ser encarnado pertenece, elige en cada encarnación las experiencias por las que va a pasar de cara a su evolución y posterior trascendencia, poniéndose así al servicio de la Vida y cumpliendo en ella el papel que le corresponde en el tapiz universal, en el que, como en un rompecabezas, todas las piezas están perfectamente diseñadas y encajan a las mil maravillas con todas las demás, igual de perfectas.

                                                                  Algunos espíritus, que por su constante trabajo y dedicación a la Vida alcanzaron ya el grado de perfección al que tod@s sin excepción estamos destinad@s a llegar, eligen, no obstante su elevación espiritual, ayudar y servir a la familia humana hasta que la última de las ovejas alcance esa misma condición. María fue y sigue siendo, con toda seguridad, uno de esos Altos Espíritus cuya tarea, durante su encarnación de hace dos mil años, fue la de ser la madre terrena del elevado Maestro Instructor que, en aquél entonces, se llamó Jesús. De esta manera, quedaría establecida la importancia intrínseca de esta mujer, previa a e independiente de su maternidad. Una valía nacida entonces de sus propios méritos y virtudes, desarrollados y perfeccionados durante encarnaciones anteriores, unos méritos, unas medallas que el Espíritu no regala a nadie porque sí, sino que han de ser logradas y conseguidas con el propio trabajo diario, aprendiendo a dominar las pasiones humanas de todo tipo, dejando a un lado los apegos, las dependencias, las expectativas, los condicionamientos…, y trabajando continuamente para desarrollar y emplear beneficiosamente en el mundo los talentos, las virtudes, los dones y las habilidades con las que hemos sido dotad@s para nuestra existencia aquí.

                                                                  ¿Podría alguien de menor rango espiritual, trayectoria existencial y virtudes haber llevado en su vientre a personaje tan importante como Jesús? Desde luego que podría haber sido así, pero yo creo que no lo fue, entre otras razones porque no es únicamente física la influencia que una madre tiene sobre su prole, tanto durante los nueve meses de gestación como en los años posteriores. Lo que más cuenta, al fin y al cabo, es el influjo psicológico, mental, emocional, espiritual y educacional que una madre, al igual que un padre, ejerce sobre sus hij@s. Una influencia que no se circunscribe sólo a los primeros años de crianza de las criaturas, durante los cuales son imprescindibles los cuidados maternos y paternos, sino que dura toda la vida, aunque se ejerce de otro modo, incluso cuando las hijas y los hijos se independizan de sus progenitores. Esa educación, en el caso de Jesús, debía ser ejercida por personas que no sólo compartieran los valores y las creencias que había venido a extender sino que también, y tal vez sobre todo, supieran entender, asumir y respetar, lo que no significa que siempre fuera así y que su vida estuviera libre de conflictos paterno-filiales, el trabajo que este hijo, a diferencia de l@s otr@s que tuvieron, había venido a realizar en la Tierra en esa ocasión. Seguramente, tanto María como José no siempre comprendieron ni asimilaron las enseñanzas de Jesús, no siempre estuvieron de acuerdo con ellas ni las compartieron. Es posible que sus mentes todavía no estuvieran del todo preparadas para el avanzado mensaje que Jesús transmitía, ni para los cambios en las leyes y las costumbres que proponía y, desde luego que tuvieron que pasarlo mal en muchos momentos, viendo que su hijo predicaba la fraternidad entre los hombres y moría luego a manos de ellos, especialmente María que, al tener una vida más larga que José, vivió en primera persona todo lo que le fue ocurriendo a Jesús durante los tres años que duró su vida pública y, especialmente, los atropellos a los que se vio sometido durante sus últimos días y que terminaron con la crucifixión.

                                                                  A María también se la llama Señora del Silencio, porque guardaba en su corazón y reflexionaba sobre las palabras de su hijo, no se quedaba en una simple oyente de sus mensajes, lo que nos da otra idea sobre la profunda psicología de esta mujer. También por ello hay quienes piensan que fue María misma una de las fuentes primarias del Evangelio de Lucas y, aunque no fuera la transmisora oral de las narraciones que este evangelista registró, es razonable admitir que las palabras de María podían haber llegado a Lucas a través de Juan el Apóstol e incluso de otras mujeres que convivieron estrechamente con ella y que, por tanto, la conocían bien.

 

                                                                  Namasté.

María Sánchez-Villacañas de Toro

 Vesica Piscis Tours

Guía de viajes para el deleite del alma
Psicóloga clínica, energética y espiritual
Astróloga. Cabalista. Formadora
Sanadora Espiritual por Arquetipos
Lectora de Registros Akáshicos
Lectora y creadora de Oráculos

https://vesicapiscistours.wordpress.com
+34 627 12 09 47
vesica.piscis.tours@gmail.com

© María Sánchez-Villacañas de Toro (2016) Todos los derechos reservados

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