Los Manantiales Sagrados

 

                                                                  La veneración de la naturaleza y el respeto por ella era el núcleo central de la religión y la cultura pagana celta. Por eso, me gusta más denominar a esta tradición vital y espiritual con la expresión: religión natural o religión de la naturaleza. L@s celtas, en lo que sabemos de ell@s por las tradiciones que se han mantenido de forma oral a lo largo de los siglos, porque no dejaron escritos, creían que el mundo natural era intrínsicamente divino y que cada lugar estaba habitado y construido por los espíritus de la naturaleza. Para l@s primer@s celtas, los manantiales, los ríos y los lagos, eran lugares habitados por los espíritus de las aguas. Por esta razón, muchas corrientes de agua, especialmente los manantiales, eran considerados lugares sagrados y cada uno de ellos tenía su espíritu guardián.

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                                                                  Un pensamiento común y natural entonces, probablemente, era que las aguas frescas que salían de la tierra portaban regalos del submundo, gracias a los cuales las dolencias de todo tipo se podían curar. El agua, con frecuencia, se asocia también al conocimiento, la inspiración y la visión de futuro. En la antigüedad, y es probable que también para los pueblos celtas, se decía que algunos pozos devolvían la vida, aunque si se causaba alguna ofensa o se los dañaba, el espíritu guardián también podía cobrarse la vida de quien lo hiciera, elevándose sobre las aguas y ahogándole.

                                                                  Generalmente, y al ser el agua un elemento de energía femenina, se considera que los espíritus del agua son también femeninos, por lo que en los manantiales, las fuentes, los ríos, los lagos…, se solían depositar ofrendas y ornamentos, dentro de ritos o ceremonias realizadas por mujeres, sobre todo en primavera, aunque también en otras muchas épocas del año. Esta misma tradición, aunque modificada, sigue practicándose en Mayo, o a mediados del verano en algunas partes de Gran Bretaña, como por ejemplo en Avalon. Los pozos o manantiales se adornan con flores, cuentas, conchas y otros tesoros ornamentales naturales. A juzgar por los numerosos broches y alfileres doblados que se encuentran en los pozos y manantiales, éstos debían ser un ofrecimiento popular. Las espadas, escudos y otros ricos objetos encontrados en los lechos de los ríos, lagos y pozos son testigos de la importancia de las diosas y los espíritus femeninos del agua.

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                                                                  La veneración del manantial está presente también en el mundo artúrico, donde la fuente a menudo aparece asociada a los Ancianos Intemporales, las hadas y los elfos de la eterna juventud, y sigue siendo el lugar preferido de quienes sufren desengaños amorosos. Si bien más adelante estos rituales tomaron una apariencia cristiana, algunas de las primeras prácticas celtas continuaron y siguieron vivas hasta nuestra época. En la actualidad, aún se atan pequeñas piezas de tela a los árboles vecinos o se les deja pudrir cerca del manantial, para que se integren con el agua y sean disueltos por ella, transformando así su energía y sumándola a la corriente acuática. Bien podría ser que la costumbre habitual de tirar monedas dentro de los pozos o las fuentes, reflejara esos primeros ofrecimientos votivos de l@s celtas, y de otros pueblos al agua y sus guardianes que, posteriormente, el cristianismo adopto como suya y la adaptó a sus rituales en los que, como sucede por ejemplo en la misa, el sacerdote utiliza el agua para bendecir y el vino para dar paso a la comunión.

                                                                  El elemento agua está asociado con las emociones, los sentimientos y el espíritu, ya que la conexión con ellos favorece que también estemos conectad@s con el Océano de la Vida, con la Fuente Primordial de todo cuanto existe y que, sin la existencia del agua, no viviría. Los sentimientos y las emociones humanas han de ser trascendidos para que podamos fortalecer el Amor Superior, el Amor Incondicional, ese que precisamente está libre de lo que nuestra parte humana siente y que es el agua de la vida eterna, porque quien bebe de la fuente del amor, es sanad@ por esa agua siempre viva y, por consiguiente, logra también vivir para siempre. Y detrás del Amor, mejor dicho, siendo el Amor, no hay otra que la Diosa, la Divina Femenina, presente en el agua y siendo Ella Misma esa agua viva, sanadora y vivificante. Gracias a la purificación a través del agua de las emociones y los sentimientos de baja vibración y densidad, que nos alejan de nuestro verdadero ser, podemos liberarnos de ellos, regando y fertilizando entonces esas otras emociones que nacen del centro del corazón y del alma, allí donde residen, permanentemente, la esencia divina y el amor genuino que somos. De modo que, por mediación del agua y en contacto con ella, disolvemos los velos que cubren lo que realmente somos, así como también los velos tras los que se esconde la realidad de todo cuanto existe. El agua es también un elemento refrescante y activador, tanto física como emocional y energéticamente. Y otro aspecto importante relacionado con este elemento es su capacidad para fluir y entregarse así al flujo de la vida, dejando correr todo aquello que pasa por ella y, a la vez, modificándolo de una manera suave y ligera, sin lucha ni enfrentamiento directo aunque, sin embargo, con una fuerza constante y permanente. Teniendo en cuenta todas estas consideraciones, me parece completamente comprensible que los pueblos celtas, entre otros muchos, tuvieran esa veneración por los manantiales y, en general, por todas las formas de expresión del agua y de sus espíritus guardianes.

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                                                                  Muchos de los manantiales, fuentes y cauces de agua considerados sagrados y sanadores, como sucede en el Jardín del Cáliz y en la Fuente de las Aguas Blancas de Avalon, en el Bosque de San Nectan’s Gleen, en Lourdes y en tantos otros lugares donde se venera al agua y a los que se acude para recibir sanación y curación, son precisamente espacios en los que la Divina Femenina se manifiesta para recordarnos su amor por nosotr@s, sus hij@s encarnad@s en cuerpos terrestres, y recordarnos que bebiendo sus aguas, no sólo podemos purificarnos y llevar hasta el océano aquello que sea necesario disolver, sino que también gozaremos de un hermoso jardín regado por las agua que Ella derrama continuamente, sobre nuestro ser y sobre todo el planeta en el que habitamos.

                                                                  Namasté.

María Sánchez-Villacañas de Toro

 Vesica Piscis Tours

Guía de viajes para el deleite del alma
Psicóloga clínica, energética y espiritual
Astróloga. Cabalista. Formadora
Sanadora Espiritual por Arquetipos
Lectora de Registros Akáshicos
Lectora y creadora de Oráculos

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+34 627 12 09 47
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© María Sánchez-Villacañas de Toro (2016) Todos los derechos reservados

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