Silbury Hill

Silbury Hill es la montaña artificial más grande de Europa, construida principalmente con creta y arcilla traídas desde distintos puntos de Inglaterra. Su origen está ligado a los círculos de piedras, pero se desconocen todavía su función y significado originales, aunque según Barbara Hand Clow, en ella están guardados y bien conservados trozos de tierra depositados allí por sacerdotisas de los primeros tiempos. Por su forma, bien podría ser un lugar para el avistamiento y la llegada de naves espaciales o para la celebración de algún tipo de ceremonia, pero hasta ahora éstas son sólo especulaciones. Llama la atención en cualquier caso lo bien construida que está la montaña, teniendo en cuenta la época de que data y la escasez de medios y herramientas de los que aparentemente disponían quienes la construyeron. Es muy probable que su elevada conciencia y conexión con lo Superior supliera la falta de aparatos y materiales de construcción.

                                                                                        Silbury Hill queda a la derecha del Círculo de Avebury, cruzando el río Cunnit. Hace miles de años, según esta misma autora, donde está ubicada esta montaña artificial había un área despejada de aproximadamente trescientos metros de diámetro. Esta área incluía dos círculos: uno exterior formado por tocones de árboles, de unos quince metros de diámetro, y un círculo interior de paja aplastada sobre una superficie lisa de creta. La Diosa del Ojo creó estos círculos, sobre los que volaban multitud de búhos, uno de los animales guía de Avalon. El círculo exterior de tres tocones delinea el borde exterior del iris, mientras que el interior representa la pupila. Este “ojo” tiene la capacidad de ver la tercera dimensión desde todas las demás dimensiones y su tótem guardián es el búho. El búho ayuda al superviviente, el lobo, durante su noche de cacería, y el halcón ayuda al lobo durante el día. Este ojo en particular es la “lente” a través de la cual todos los seres que se interesan por la Tierra pueden ver cómo están las cosas en la tercera dimensión.

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                                                                                        La formación de Creta de Silbury Hill, la colina del vientre de la Diosa, fue colocada justo sobre el lugar donde la Abuela Siete Guacamayos de las Pléyades enterró el huevo de la creación de la Diosa, para que fuera incubado, un huevo de obsidiana, codificado con información de las estrellas y que, a su debido tiempo, eclosionaría. Como ocurre con todos los lugares sagrados del planeta, esta colina y su emplazamiento incorporan capas y capas de tiempo. Barbara, en una regresión a una de sus vidas vividas, vio cómo tenía lugar esta construcción de creta. La gente corta grandes bloques de creta blanca y construye un primer círculo con ellos. Tiene una altura de dos metros y medio y carece de techo. Progresivamente, capas circulares cada vez más pequeñas colocadas sobre este círculo central irán cerrándolo al cielo hasta quedar completamente cerrado. Éste es el círculo interior original, la lente de la pupila de la Diosa del Ojo, que siempre está abierto al cielo durante la primera fase de la construcción.

                                                                                        En su visión, las sacerdotisas están cortando bloques de tierra virgen del lugar donde el río Cunnit fluye desde la cueva de cristal del túmulo de Swallows, ahora llamado túmulo de West Kennet, la cueva de salida de la Abuela Araña. Uno a uno, las mujeres van cortando los bloques. Cada bloque tiene una capa de grava fina en la base, que filtra el agua; luego una capa de arcilla; a continuación, una capa de tierra fértil y, encima de eso, una capa de tierra llena de raíces y musgos. La tierra que hay al lado del manantial sagrado es húmeda y fecunda, y estos bloques están llenos de caracoles, insectos, gusanos y lombrices. Una vez cortados los bloques, se cargan junto a un manantial sagrado lleno de cristales y gemas. Ningún hombre puede visitar este manantial y, mientras las sacerdotisas cortan y retiran la tierra, permanecen en un estado de meditación profunda.

                                                                                        Esta ceremonia se realiza para enseñar, a las generaciones venideras, todos los años que son necesarios para que la Tierra cree su superficie. Las sacerdotisas cortan los bloques y quitan la tierra de una manera sagrada, tal como lo hacían sus abuelas, cuando se creó el primer círculo solar para cosechar el cereal. En aquella época, las abuelas retiraron toda la tierra en el lugar donde se ubicó Silbury Hill. Cortaron hasta llegar a la capa original de creta y la superficie que encontraron era suave como la piel de un bebé. Durante miles de años, el cereal era aventado en ese círculo, haciendo que su superficie pareciera un sol dorado del cielo. Ese círculo anual de cereal dorado haría posible que los círculos de los cultivos se manifestaran miles de años después, al final de este ciclo.

                                                                                        Mientras trabaja, cada sacerdotisa (nueve en total) le pide a la Madre Tierra permiso para cortar su piel y usarla para crear una sala para el hijo sagrado. A continuación, y una vez cortado el bloque de tierra, camina lentamente por el sendero de piedra, llevándolo hasta el iris de la futura colina de la Diosa del Ojo. Entrando al interior del círculo de creta, cada sacerdotisa coloca su bloque de tierra viva sobre el suelo de creta de la sala, que todavía está abierta al cielo. Con el tiempo, esos bloques de tierra convertirán el suelo en una suave alfombra verde de vida. Así trabajan las sacerdotisas hasta completar todas las capas de bloques de creta. Antes de que la última capa sea colocada para cubrir el centro interior y cerrarlo al cielo, se acerca el momento de que este templo de tierra viva sea activado. Mientras la luna llena se eleva, las nueve sacerdotisas se quitan sus túnicas, entran en la sala y se sientan alrededor del borde, con la espalda apoyada en la pared de creta. En el centro han dejado un espacio para que sólo una persona se tienda sobre la suave alfombra verde. En este lugar, formando parte de una ceremonia en la que participan tanto los hombres como las mujeres, los sacerdotes y las sacerdotisas, tuvo lugar un matrimonio sagrado entre una de las nueve sacerdotisas y un hombre joven. De esa unión sagrada, en la que participaba en igualdad de condiciones toda la comunidad, nacería un niño de oro, una criatura nacida exclusivamente del amor y que portará consigo todos los conocimientos, tanto de las estrellas como de la Tierra.

                                                                                        Con esta ceremonia, y siempre según Barbara, dio comienzo un  nuevo ciclo: la creación del lado masculino consciente, tanto para los hombres como para las mujeres. Hasta ese momento, año 3115 antes de Cristo, la Diosa había gobernado el planeta y el principio masculino había estado a su servicio. Ese es el momento exquisito en el que una nueva semilla fue germinada: una semilla que producirá un equilibrio entre varones y mujeres miles de años más tarde. Esas nueve mujeres y un hombre, llegaron a un acuerdo para celebrar esta ceremonia con una confianza total en el planeta, sin importar qué experiencias harían falta para la activación del principio masculino, hasta vivir el ciclo completo de cinco mil años. Este hombre, dejándose llevar por las nueve sacerdotisas, creó vínculos de confianza con ellas, dejando a un lado el miedo y las críticas, unos vínculos que finalmente unirán a los hombres y las mujeres de nuestro tiempo.  Esa confianza absoluta era necesaria para sobrevivir a la difícil activación del principio masculino, que duraría esos cinco mil años, terminando en 1999. 

                                                                                        Dentro de Silbury Hill, entonces, están vivas, frescas y vitales las formas de vida que allí fueron depositadas por las sacerdotisas hace cinco mil años, a pesar de no haber recibido luz solar, lluvia o aire fresco. En lugar de otro tipo de tesoros, lo que allí hay es la tierra de la Diosa, la sala de poder que contiene el conocimiento de que la atracción electromagnética entre la mujer y el hombre crea la protección absoluta de todas las especies. Es esta unión la que atrae a niñas y niños carentes de huellas negativas, que viven en la Tierra en un estado de consciencia multidimensional y cuántica, y que comparten experiencias con todas las especies. Éste es precisamente el sello de la Atlántida: una Tierra en la que todo ser es amado, cuidado y apreciado, permanentemente, como una criatura recién nacida.

                                                                                        Namasté.

María Sánchez-Villacañas de Toro

 Vesica Piscis Tours

Guía de viajes para el deleite del alma
Psicóloga clínica, energética y espiritual
Astróloga. Cabalista. Formadora
Sanadora Espiritual por Arquetipos
Lectora de Registros Akáshicos
Lectora y creadora de Oráculos

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+34 627 12 09 47
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© María Sánchez-Villacañas de Toro (2016) Todos los derechos reservados

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